viernes, 4 de diciembre de 2009

Los Pishtacos


La primera vez que apareció la noticia me pareció incrédula. Hombres que matan hombres para obtener grasa humana. Un mercado negro de adipocitos. En un mundo de lipoesculturas y liposucción, una grasa limpia, se comercia una grasa sucia. Como esa leyenda urbana, por la cual cuando sacamos muestras de sangre para análisis, en realidad no la llevemos al laboratorio sino la vendemos.


No bastó que algunas tímidas voces cuestionaran el hecho y apuntaran a un operativo psicosocial, tipo la virgen que llora, tan en boga en los tiempos del fujimontesinismo. La noticia golpeó y golpeó en todos los noticieros, en todas las ediciones: el costo por litro, la existencia de dealers europeos. una mafia de traficantes de tejidos humanos, las botellas de inka kola repletas de una grasa en descomposición.


Como se apuntó en el blog Puente Aéreo, a ningún periodista se le ocurrió investigar mas allá, a cuestionar los hechos, que no resistían la lógica. La versión oficial, policía y estado, apuntaba a una banda de asesinos. Sin embargo, a nivel internacional, miraron la noticia con escepticismo, colocándola al nivel de una noticia desde Polonia donde se descubría como falsa una denuncia sobre el engorde de perros San Bernardo, que luego eran sacrificados para vender su grasa como suplemento nutricional.


La noticia tenía los elementos exóticos: parajes rurales, campesinos perdidos, compradores extranjeros. Historias de colonialismo abusivo en el siglo XXI. Comprometidos los altos mandos de la policía, el Ministro del Interior, autoridades gubernamentales, broadcasters y la gran masa de ingenuos que se creyó el cuento y sirvió como caja de resonancia para que olvidemos algunos escandaletes, tipo Alas Peruanas.


Si fue una coincidencia o no, lo determinarán las investigaciones, pero por lo pronto ya cayó el Jefe Policial a cargo del caso de los Pishtacos. ¿Y los demás? silbando al techo, total ya cayó el chivo expiatorio.


Al día siguiente, los periodistas se lamentaban de no haber investigado bien, expiaciones tardías y no muy claras para compensar los minutos y titulares que nos endilgaron durante días. Si utilizáramos los criterios de la jueza que sentenció a Magaly, deberían compensarnos a los televidentes y lectores con bien organizados reportajes de investigación sobre realidad peruana.